Mi vida en tus manos
DEVOCIÓN MATUTINA PARA JÓVENES 2018
365 VIVENCIAS DE JÓVENES COMO TÚ
Lecturas devocionales para Jóvenes 2018
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Lecturas devocionales para Jóvenes 2018
Mientras transcurría la hora de clases repetía la misma pregunta en mi mente: «¿De verdad le importo al Señor?». De pronto supe que la clase había finalizado así que, todavía distraída en mis pensamientos, tomé mis útiles y salí del edificio. El cielo estaba despejado, por lo que se podían apreciar las estrellas titilando en el firmamento. Llamé a mi madre para que me fuera a recoger a la universidad. Me senté en el suelo y me recliné contra una pared mientras veía a mis compañeros salir del salón de clases.
Parecía como si me hubiera adueñado de la universidad, pues no se veía alma alguna en el plantel. Minutos más tarde llegó mi madre y me apresuré a subir al vehículo. Al entrar la saludé con el mismo cariño de siempre, a pesar del cansancio atroz y del hambre que los quehaceres del día me habían provocado. Mientras conducía le conté mi día y a seguidas le comenté la duda que había dominado mi día; «¿De verdad le importo al Señor?».
Al cruzar por las puertas de la universidad mi madre aceleró un poco y continuamos conversando. De repente, escuchamos dentro del carro una voz que dijo: «¡Cuidado! ¡Cuidado!». En ese momento, y a pesar de no haber visto nada peligroso en el camino, mi madre frenó. Giré la cabeza para mirar quién había proferido tales palabras, pero no había nadie dentro del carro, aunque me pareció haber escuchado una voz dentro del vehículo, a nuestro lado. De pronto, el potente rugido de un carro deportivo que pasó frente a nosotros captó nuestra atención. Este carro deportivo cruzó en sentido perpendicular al lugar donde nos habíamos detenido. Después de unos instantes de silencio aterrador mi madre me miró y me dijo: «Dime que tú oíste lo mismo que yo oí». Solo atiné a asentir con la cabeza.
En ese momento mi pregunta recibió respuesta y de forma tan contundente que no me quedó duda alguna. ¿De verdad le importo al Señor? ¡Sí! Tanto que presta atención al más insignificante de mis pensamientos; tanto que aunque soy solo una motita en el vasto universo él se preocupa por mí y me guarda del peligro.
Hoy puedes iniciar un nuevo día con la seguridad de que «si él cuida de las aves, cuidará también de ti».
Kimberley Saint Hilaire
República Dominicana
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Ayer te conté cómo había rechazado una beca para ir a estudiar a Japón, que había sido mi sueño durante mucho tiempo. Bueno, pasaron tres años desde aquel día y jamás me di por vencido, aunque me deprimí bastante porque no sabía cómo alcanzaría mi sueño. Seguí estudiando japonés y asistiendo a actividades de la Embajada Japonesa, allí conocí varios japoneses que me ayudaron a desarrollar mi habilidad en el idioma y a conocer la cultura. Mientras tanto oraba cada vez más para que Dios me ayudara a alcanzar mi meta.
Mi profesor de japonés, Shin, fue una de las personas que más ánimo me dio. Cuando le conté los resultados de la entrevista en la embajada, Shin me consoló contándome varias historias antiguas de Japón en las que los protagonistas se veían en la misma situación que yo, y lograban salir victoriosos.
Mi mayor temor era que la beca tenía un limite de edad: veintidós años. Y esto complicaba las cosas pues ya tenía la edad límite. Llenar los formularios de nuevo era un proceso muy tedioso y no me animaba a participar, aun sabiendo que este era mi último chance. Shin me animó a intentarlo. Hice mi último esfuerzo y di todo lo que tenía. En los exámenes obtuve una de las calificaciones más altas y en la entrevista ya no era el niño recién graduado de secundaria que no sabía qué hacer con su vida. ¡Ahora todo cobraba sentido! ¡Dios me había preparado para ese preciso momento!
Te escribo estas líneas desde Japón, cuatro años después de mi segunda entrevista. Ya finalicé los estudios y ahora trabajo para una empresa en Tokio y he visto cómo Dios ha dirigido mi vida. Cada sábado, cuando asisto a la Iglesia Adventista Central de Tokio, doy gracias a Dios por haber cumplido mi sueño.
Dios tiene el control de todo, aun cuando no entiendas qué está pasando en tu vida. Si piensas que te mereces algo pero Dios no te lo concede, no te desanimes. Tu sueño no se ha dejado de cumplir porque Dios no quiere complacerte, sino porque él tiene algo mucho mejor para ti, y solo con el tiempo lo comprenderás. Mantente fiel a Dios y experimentarás su fidelidad.
Recuerda que el tiempo de Dios es perfecto.
Louis Rodriguez Santos,
Tokio, Japón
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Mientras cursaba la secundaria vi un documental sobre Japón, la tierra del sol naciente, este me motivó y decidí que algún día estudiaría en ese país. Así que comencé a prepararme para ello. Como no había escuelas de japonés en mi ciudad empecé a estudiar con materiales que encontraba, en Internet, además me hice amigo de un joven que sería mi profesor por los próximos tres años.
Cada día le pedía a Dios que me ayudara a cumplir mi sueño, pero como muchas veces nos sucede, llegué a pensar que el Señor no me escuchaba o se había cansado de mí. Mi familia me apoyaba, aunque no contaban con los recursos y en el colegio muchos se burlaban de mí porque escribía en japonés dondequiera que podía.
Finalmente terminé la secundaria y de inmediato opté por una beca para estudiar en Japón. Llené los formularios y reuní todos los documentos para solicitar junto a muchos más que también anhelaban ir a estudiar al extranjero. Eran solo tres exámenes: ingles, matemáticas y japonés opcional para los que se atrevían a aceptar el reto.
Después de varias semanas me llegó un correo electrónico y a los pocos minutos sonó el teléfono de parte de la Embajada de Japón en la República Dominicana para pedirme que asistiera a una entrevista. Me presenté bien vestido y confiando en que toda mi vida está bajo el control del Altísimo. Para mi decepción me informaron que aunque mi beca había sido aprobada, algunas clases en el extranjero serían en sábado. En ese momento me vi obligado a tomar una decisión: seguir los principios de Dios y renunciar a mi sueño o estudiar en el extranjero sacrificando mi conciencia y mis principios.
Los encargados me decían que aprovechara la oportunidad, que fuera y me olvidara del «sábado», pero mi corazón me decía lo contrario. En mi mente resonaban las palabras «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman» (Romanos 8: 28).
Al final rechacé la beca por la que tanto había luchado. Joven, nunca tengas miedo de seguir tu conciencia, no sacrifiques tus principios por nada. Dios jamás le falla a sus hijos. ¿Qué pasó conmigo? Salí de la embajada triste, pero con mi vida en las manos del Todopoderoso, sin saber que él tenía algo mejor para mí. Mañana te lo contaré.
Louis Rodriguez Santos,
Tokio, Japón
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Tenía catorce años cuando vi por primera vez una Biblia. Mi padre era un conductor de camiones infiel a mi madre y, siendo el mayor de siete hermanos, veía el divorcio a la vuelta de la esquina. Fue entonces cuando una anciana compartió este precioso libro con nuestra familia. Mi padre acudió a una carrera de coches y, cuando regresó a casa, comenzó a leer la Biblia.
Nunca olvidaré aquel día. Estaba leyendo en la cama cuando me vio pasar y me dijo: «Leo, ¿adonde vas?». «Voy a jugar al fútbol y después al cine», le contesté. Entonces me dijo: «Leo, en lugar de jugar tanto al fútbol e ir al cine, deberías leer este libro». ¡Aquello me impactó profundamente! Mi padre estaba cambiando su vida y, gracias a ello, toda nuestra familia aceptó el mensaje adventista. Un tiempo después mi madre y yo escuchamos a algunos maestros de nuestra universidad en Sao Paulo, Brasil, y uno de ellos me dijo: «¡Hijo, esa escuela es para ti!».
Empecé a asistir a la Escuela Normal, que es una institución dedicada a la formación de maestros y profesores, para convertirme en maestro de primaria. Durante mi época de estudiante, pasaba los sábados por la tarde leyendo entre sesenta y ochenta capítulos de la Biblia. Además, empecé a memorizar versículos de la Biblia y a recitarlos en los devocionales por la mañana. La Biblia no solo me inspiró, sino que además me ayudó a sacar mejores notas. Fue entonces cuando sentí el llamado de Dios para trabajar en el ministerio.
Me pidieron que dirigiera las reuniones de la Sociedad de Jóvenes y después de un tiempo me encargué de las reuniones en las iglesias de Sao Paulo. Luego conocí a mi compañera, Lucila. Nos casamos, nos mudamos a Estados Unidos, terminamos nuestros estudios y regresamos a Brasil, ahora con tres hijos. La mayor sorpresa fue que, mientras dirigía a los jóvenes en el sur de Brasil en 1970, el Señor me llamó a ser el primer brasileño en servir como director asociado del Departamento de Jóvenes de la Asociación General.
Alabado sea el Señor por su Palabra y su poder para transformar vidas.
Leo Ranzolin, Brasil
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CUANDO ERA MISIONERO EN LA SELVA PERUANA aprendí a convivir con los peligros y las dificultades de una selva que no conocía. Uno de esos peligros era la presencia de víboras en los lugares más inesperados. Con el tiempo, creo que Dios me ayudó a desarrollar el extraño instinto de presentir cuando alguna serpiente andaba cerca.
En cierta ocasión me dirigía a la aldea de Zotami, por una senda estrecha en medio de la vegetación, cuando súbitamente sentí el peligro. Quedé completamente inmóvil, en silencio, observando todo a mi alrededor. Pocos segundos después vi a la víbora con la cabeza levantada, dispuesta a atacar. Por lo general, las víboras no atacan, sencillamente se defienden cuando alguien traspasa su zona de seguridad. Con frecuencia somos nosotros los que, sin damos cuenta, entramos en el territorio de ellas, y es entonces cuando atacan motivadas por el instinto de supervivencia.
Esa mañana el ofidio estaba justamente a la orilla del camino, no había otro camino y pasar entre la vegetación era algo que no me animaba a hacer en esas circunstancias. Quedé varios minutos esperando que ella se fuera, pero no se iba. Después de un tiempo bajó la cabeza y quedó agachada, a la espera.
De repente surgió una idea en mi mente. Tomé mi zapato y lo tiré hacia donde estaba la víbora. Instantáneamente ella saltó sobre el zapato y después desapareció a toda prisa.
Hay mucha sabiduría en el contraste que hace Salomón un entre el necio y el pmdente. ¿Por qué buscar el peligro? El prudente ve el mal y se aparta. Si Adán y Eva hubiesen hecho eso, no habrían caído en la ttampa, pero quizás pensaron: «¿Qué tiene de malo?», y jugaron con el peligro.
Conozco a jóvenes que han arruinado sus vidas por jugar con el mal. «¿Qué hay de malo en fumar un cigarrillo, solo por curiosidad?». «¿Cómo voy a saber que la droga hace mal si no la pruebo?». «¿Por qué el sexo antes del matrimonio es pecado, si el amor es maravilloso?», preguntan y justifican sus actitudes, aproximándose peligrosamente al mal. «Siguen adelante —dice Salomón— y sufren las consecuencias». Que Dios nos ayude hoy a ser inteligentes y evitar el mal, es el camino más sabio.
Alejandro Bullón,
evangelista internacional
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PEDRO SE ENCONTRABA encadenado entre dos soldados. Al amanecer comparecería ante Herodes y el desenlace podía ser la muerte. Sin duda, él oró y se sometió a la voluntad de Dios. La iglesia también estaba orando. Cuando Dios libró a Pedro, Rodé se sorprendió tanto que se olvidó de abrir la puerta. A veces Dios contesta nuestras oraciones de la forma en que menos esperamos, te contaré mi experiencia.
Mientras estudiaba en la universidad trabajaba a tiempo completo y, gracias al trabajo realizado entre enero y agosto de 1978, logré ahorrar 154 dólares jamaiquinos. En septiembre de ese mismo año comencé los cursos de formación pedagógica. Papá y mamá, mi principales apoyos, no disponían de los recursos, por lo que mi trabajo era la única ayuda que tenía. Sin embargo, me resultaba imposible continuar con mi trabajo de estudiante de diez centavos la hora con mi ajetreado horario de clases.
Al terminar la primera semana de clases volví a casa y tan solo recibí 35 dólares, suficiente para comprar solo uno de los doce libros que necesitaba. En el futuro inmediato no tendría ningún otro ingreso así que quedé debiendo a la universidad el importe de la matrícula, que eran 185 dólares jamaiquinos.
Al regresar al campus recibí una carta. ¡Qué sorpresa! Nervioso, la abrí y dentro encontré un cheque de 145 dólares americanos. ¿Qué? ¿Era real? Gracias al cambio, pude liquidar mi deuda, adquirir todos los libros que necesitaba y pude pagar cuatro meses de alquiler y, aun así, me sobró dinero para otros gastos.
La carta decía: «He escuchado que estás en la universidad y creo que estás pasando por un momento económico difícil. Le he hablado de ti a una persona de recursos y te envía este cheque. Estos son sus datos. ¡Escríbele para agradecérselo y explícale lo que necesitas!». Desde entonces, recibía un cheque cada vez que tenía que matricularme.
Oré y el Señor se manifestó en los detalles más personales de mi vida. También lo hizo por Pedro, y también puede hacer cosas inesperadas por ti.
Hoy, sal de lo ordinario y ¡vive una vida de fe y oración!
Balvin Braham,
Jamaica
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CUANDO ERA JOVEN tuve la oportunidad de mi vida, o al menos eso parecía. Justo al final de mi carrera universitaria, en las vacaciones de verano, me dediqué a colportar con la esperanza de ganar el dinero suficiente para re- gresar y terminar la carrera de Administración de Empresas. Ese verano una amiga mía me pidió mi currículo para ayudarme a obtener un trabajo.
Poco después, un banco de prestigio internacional me llamó para una entrevista y tuve la impresión de que iba a conseguir el trabajo. Se podría decir que esto era un sueño hecho realidad, ¡pero no tan rápido! El Señor, con antelación, puso en mi mente la decisión de rechazar el trabajo si me lo ofrecían.
El día de la entrevista llegó y fui de todos modos. Probando un poco el terreno, cuando me informaron que el salario inicial sería de dos mil dólares al mes, les comenté que me parecía demasiado poco y me respondieron: «Si usted es elegido, podríamos incrementarle el sueldo después del primer mes». Les pregunté, «¿qué pasará con mis estudios?». Ellos me respondieron: «Si usted es elegido, podría completar sus estudios en la universidad que usted desee».
Unos días más tarde me comunicaron que el puesto era mío. ¡Ahora sí estaba en aprietos! Quería aceptar el trabajo, pero algo en mi interior me decía que lo rechazase. Por último, incluso después de que la gente me aconsejó que aceptara el trabajo y de que la empresa estuviese dispuesta a darme más tiempo para colportar, dije que rechazaba la oferta. Al instante, en lugar de sentirme bien, ¡me sentí como un tonto! Pero poco después comprendí el plan del Señor. Continué colportando, y en tan solo dos meses, mi esposa y yo fuimos capaces de vender más de cinco mil dólares en libros, lo que me abrió las puertas a estudiar Teología, después de haber aceptado el llamado al ministerio.
¡No sigas a la multitud! Pon a Dios en primer lugar independientemente de cómo sea la prueba, sé valiente independientemente de cuál sea la tentación, y Dios te te recompensará.
Al Richard Powell
Director de Ministerios Juveniles de la División Interamericana
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CONTINUANDO CON MI HISTORIA, el 22 de marzo de 1974, acabé mi instrucción militar básica, previa a la incorporación al que luego había de ser mi destino como escribiente en la Plana Mayor del Batallón de Automovilis- mo del Centro de Instrucción de Reclutas de Alcalá de Henares.
El 24 era domingo, y mi teniente y mi capitán me comunicaron que yo tenía que participar plena y activamente, arrodillándome a toque de corneta ante el altar, en la misa de jura de bandera. Yo les advertí respetuosamente que si me obligaban a formar en la gran explanada donde iban a jurar más de dos mil reclutas, mi conciencia no me permitiría arrodillarme y me quedaría en pie delante de todos los presentes, civiles y militares.
Ante mi firmeza fui enviado a un calabozo, donde tenía que pasar todo el día acostado en el suelo con tres mantas por debajo y siete por encima, pues la humedad y las temperaturas bajo cero eran insoportables. Además me requisaron mis libros y mi Biblia. El 13 de noviembre de 1974 fui condenado en Consejo de Guerra a tres años y un día de prisión militar, y luego al cumplimiento del servicio militar en un batallón disciplinario en el Sahara español.
Dos pastores amigos hicieron intensas gestiones para ayudarme. Hubo presiones internacionales que llegaron hasta Juan Carlos I, entonces príncipe heredero, y sobre todo mis hermanos en la fe elevaron millares de oraciones. Eso hizo que el general Franco, medio año antes de su muerte, me indultara; de modo que solo tuve que estar preso catorce meses y trece días. Con la llegada de la democracia fui amnistiado e incluso se me indemnizó con mil euros por más de un año de prisión.
Un cuarto de siglo después, casi pude decir que de la cárcel llegué «al reino», pues edité una biografía de la reina Sofía, escrita por su consejera María Eugenia Rincón. Así que pude participar en numerosas reuniones con estas dos grandes mujeres españolas. Hoy llevo casi cincuenta años de servicio en la Iglesia como colportor y como editor, testificando en libertad y apoyado por toda mi familia camal y espiritual. Querido joven, la fidelidad al Señor siempre paga buenos dividendos. «Sea la gloria al Señor para siempre» (Sal. 104: 31, JBS).
Francesc X. Zelabert
Vicepresidente editorial de IADPA
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Hasta 1975 en España todas las monedas llevaban el rostro del jefe del estado rodeado de una inscripción que decía: «Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios». Por eso los historiadores, a la dictadura que duró desde 1936 a 1976, la califican de «nacionalcatólica», por analogía con la nacionalsocialista o nazi, de la cual fue la española aliada en la Segunda Guerra Mundial.
En los años cincuenta yo no pude ir a una escuela pública gratuita porque para poder matricularse en una era necesario presentar la fe de bautismo católico. Fui expulsado de una escuela primaria para superdotados becados de Barcelona, y luego de la Universidad Laboral de Tarragona; pues, no solo era obligatorio asistir en sábado a clase, sino que los domingos era obligatorio asistir a misa, y se llevaba registro de los que se confesaban y comulgaban.
Las iglesias adventistas eran toleradas, pero no podían imprimir libros como El conflicto de los siglos, ni aun los folletos de la Escuela Sabática, que se consideraban propaganda subversiva. En los años setenta España ya era más bien una «dictablanda». Pero el 20 de diciembre de 1973 fue asesinado el que iba a ser el heredero del general Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, entonces la dictadura se endureció. Poco antes de su muerte Carrero había decretado que los actos de juramentación militar se tenían que realizar en el marco de una misa católica. Y precisamente el 15 de enero de 1974 yo fui llamado a cumplir el servicio militar obligatorio.
Yo estaba preparado a ir incluso a la cárcel por no tener que violar el sábado. Sabía que antes de mí habían sido encarcelados varios jóvenes adventistas por ser fieles en la observancia del sábado, sin embargo ya hacía muchos años que ningún cristiano tenía problemas para jurar bandera sin misa y en privado.
Yo había tenido, años antes, la oportunidad de mudarme a Francia y librarme del servicio militar obligatorio, pero no lo hice; pues consideraba que el Señor me había puesto en España para ser su testigo y no había que huir frente al peligro. Mañana continuaré con mi historia pero quiero que te preguntes: ¿Dónde te ha colocado el Señor? ¿Dónde tienes la oportunidad de ser un testigo?
Eloy es un buen día para que allí donde estás seas una luz para los demás.
Francesc X. Zelabert
Vicepresidente editorial de IADPA
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